La Carta a Nuestros Amigos en el Mundo no se lee como un simple recopilación de testimonios. Se recibe como un encuentro con voces que, con demasiada frecuencia, no encuentran o no hay eco. Sin embargo, estas voces llevan en ellas una gran fuerza capaz de transformar nuestra mirada y nuestros compromisos.

En estas páginas, la violencia de la miseria aparece en toda su brutalidad. La violencia golpea en Madagascar después del paso de los ciclones, se insinúa en los recorridos de mujeres que van delante de la familia monoparental en Haití, se expresa en las palabras valientes expresadas a Caen (ciudad de Francia). Pero cada vez, en el corazón mismo de estas realidades, algo resiste, algo se mantiene. Niños que siguen soñando a pesar del miedo. Mujeres que inventan caminos de autonomía. Hombres y mujeres que, a pesar del desprecio y los obstáculos, se niegan a callar.
Estas voces no sólo piden ser escuchadas, nos llaman a no permanecer encerrados en las indiferencias, nos obligan a reconocer que la miseria no es una fatalidad, sino una violencia producida por nuestras sociedades. Nos obligan a entender que Luchar contra la pobreza es también construir la paz. La paz no se limita a la ausencia de guerra, sino toca la dignidad de cada ser humano, a la Seguridad interior, a la posibilidad de vivir sin miedo ni humillación. Como nos invita esta edición de la Carta, atreverse a la paz es ante todo construirla allí donde ella está ausente.
Estas voces también nos muestran un camino. A Bulle, en Suiza, los ciudadanos se unen para hacer que exista un espacio donde los más excluidos por la miseria pueden tomar la palabra y ser reconocidos. En Haití, iniciativas concretas permiten a las mujeres fortalecer su poder actuar y romper, paso a paso, el ciclo de la gran pobreza. En todas partes, las personas se comprometen a menudo con dignidad, para que otros puedan levantarse. Estos compromisos cuentan. Ya están cambiando el mundo.
Entonces, esta Carta es también una invitación a unirse a este corriente de lucha continua. Una corriente decidida que rechaza que nadie estará condenado a vivir en la miseria. Porque nada se hará sin esta cadena de solidaridad que nos une.
El mundo se está construyendo hoy, con ellas y aquellos cuyas voces, lejos de ser frágiles, son seguramente las más esenciales para guiarnos.
Chantal Consolini Thiébaud, Joëlle Girard y Daniel Marineau,
Delegación general del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo

