Justicia social y justicia medioambiental por un futuro sin extrema pobreza
  • Nuestros derechos, nuestro planeta, nuestra dignidad compartida
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  • Comunicado leído en el espacio Caleido (Madrid), el 17 de octubre de 2021

En muchas partes del mundo hoy se reúnen personas que conocen de primera mano la crisis permanente que supone vivir en extrema pobreza y otras que se solidarizan con ellas. Se reúnen como nos reunimos aquí, para darnos fuerzas, para aprender unas personas de otras, para poner la experiencia y la resistencia de las personas pobres en el centro y conseguir avanzar.

Damos las gracias a quienes han hecho el esfuerzo de venir hoy y salir de la angustia, de la depresión o de la desesperación diaria que es vivir sin medios, sin reconocimiento, todo el día luchando por sobrevivir. Pensamos también en quienes no han encontrado aún las fuerzas para salir, para unirse a otros, alzar la voz o luchar por sus derechos. Esperamos que mañana podamos sumarnos a su resistencia y aprendamos a no dejarles abandonados.

Construir un porvenir que ponga fin a la persistencia de la pobreza respetando a todas las personas y al planeta. Ese es el lema que ha elegido las Naciones Unidas en este día. Dicho de manera más sencilla, es una invitación a hacer un esfuerzo por unirnos y aprender para avanzar hacia un futuro sin exclusión ni pobreza, donde se reconozca a cada persona, donde haya respeto por los demás y por el planeta.

Con la pandemia parecía que todo esto lo íbamos a arreglar de un plumazo, que íbamos a cuidar mejor del planeta que despertaba mientras estábamos confinados, que íbamos a cuidar unas personas de otras para salir del encierro más libres y con más derechos. Pero se acabó la pandemia y cada cual siguió a lo suyo. Aunque dijeron que “no se iba a dejar a nadie atrás”, la vida se agravó para muchos.

Hoy queremos recordar que como sociedad no dejar a nadie atrás no es una cuestión de “pensiones”, “ayudas o pagas”, sino de derechos y libertades. Pero en este último año hemos tenido que aprender a unirnos, informarnos y pelear, porque nos han hecho imposible acceder a nuestros derechos. Muchas personas seguimos luchando para tener ingresos dignos para vivir, así como por una vivienda digna, por luz y agua accesibles, por medios para una educación y una atención sanitaria dignas, o por un acceso garantizado a internet.

Un buen ejemplo de esto es el del Ingreso Mínimo Vital. Con él, como con tantas otras cosas, la sociedad aparenta ocuparse de los pobres, pero para muchas personas las cosas son más difíciles. El Ingreso Mínimo Vital viene acompañado de muchísimos obstáculos, como la burocracia o la imposibilidad de comunicarse con quienes lo gestionan, y cuando consigues hacerlo te tienes que tragar múltiples humillaciones, cuando no insultos.

Parece que esta sociedad ha normalizado la exclusión y la pobreza, el corte de luz y los desahucios, la falta de medios y el aislamiento y la incomunicación. Y, lo que es más duro de soportar, es que ha normalizado la culpabilización de quienes sufren todas estas exclusiones como únicos responsables de su situación.

Pero la pandemia también ha reforzado nuestra unidad y solidaridad. Nos juntamos para informarnos, para acompañar a otras personas, para defender nuestros derechos, para interesarnos por otras situaciones de explotación en injusticia. Sabemos que la sociedad no puede luchar efectivamente contra la pobreza sin tener en cuenta la experiencia de quienes la viven, y cuando crea medidas y políticas sin remediar esta ignorancia, son las personas pobres y excluidas quienes sufren las consecuencias. Esto tiene que acabar.

La naturaleza y las personas pobres tienen en común que desde hace tiempo se les explota, se les ignora y no se tiene en cuenta su contribución para mejorar las cosas y conseguir avanzar. También tienen en común que es muy difícil encontrar responsables de estos abusos y de este trato irrespetuoso. Para avanzar hay que transformar muchas cosas, entre otras, nuestra relación con la naturaleza, las estructuras de discriminación y situar la dignidad humana en el centro de las políticas y acciones.

Cuando el día a día es angustioso, cuando se tiene poco dinero, cuando no se sabe si te van a expulsar de tu casa, no puedes pagar la luz o directamente no la tienes, es difícil mirar al futuro con optimismo. Pero sabemos que la contribución de las personas más pobres es esencial, aunque no se reconozca. Como bien dice una vecina: “consumimos poco, reciclamos, estamos acostumbradas a compartir lo poco que tenemos y, sobre todo, sabemos que cada persona, por insignificante que parezca, cuenta”. Estas son contribuciones esenciales de las personas pobres en todas partes del mundo, contribuciones esenciales para construir una sociedad más justa, más sostenible, donde dejemos atrás las apariencias y nos pongamos en serio a trabajar por restituir la dignidad y los derechos a cada ser humano.

Cuando conseguimos la unidad y el respeto, cuando somos capaces de crear la solidaridad en nuestros barrios, entonces logramos reponer todas las fuerzas que día a día se nos agotan por el esfuerzo de sobrevivir a la pobreza. Esta es la energía que permite cuidar el planeta sin dejar a nadie atrás: nuestra resistencia, humana y sostenible.