Yayo eza yayo te
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Carta a Nuestros Amigos en el Mundo 90

El Padre Peter E. se ocupa de lunes a viernes, de jóvenes en un centro de formación en Mahagi. El sábado pasa el día en la cárcel con sus “hermanos heridos” y le acompañan algunos jóvenes del centro.

La prisión es un mundo lleno de lágrimas. Allí vemos otra realidad de la vida del hombre que sufre encerrado. He conocido al hombre abatido, al hombre abandonado, al hombre olvidado. Allí soy como un hermano que intenta volver a darles gusto por la vida en la alegría y en la paz, a pesar de la situación que les ha llevado hasta allí. Estar allí para escucharles, animarles a aceptar su situación y vivir allí de forma positiva...
 

La gran dificultad de la prisión es la falta de comida y de agua potable. La gente no come bien, depende de la generosidad de las personas que visitan la prisión: sus padres, amigos o los miembros de su familia. A veces llegan con comida  para uno de ellos, pero el que tiene derecho a esta comida nunca la acapara. La comida que se da a una persona pertenece a todos. Alguien lo escribió en la pared del dormitorio: YAYO EZA YAYO TE (en lingala: lo tuyo nos pertenece a todos).

En el terreno que está junto a la cárcel, donde ellos no pueden ir, les hice un huerto para que tengan algo de comida. He plantado maíz, frijoles y cebollas que me dio un amigo.Mi sueño era poder compartir un día una comida con estos presos. El 8 de diciembre mi sueño se hizo realidad, gracias a una amiga que me dio dinero para prepararles una comida.

Fui a la cárcel con algunos jóvenes del centro. Ese día, todo cambió al anunciarles la noticia. Se convirtió en un día de fiesta. Una de las jóvenes tenía una bolsa de pescado salado (makayabo), al verla, uno de los reclusos exclamó: “Atambisi” (¡hay hasta pescado!). Muchos de ellos llevaban mucho tiempo sin comer makayabo. Daban saltos de alegría al ver allí el pescado. Se pusieron a prepararlo ellos mismos con nuestros jóvenes: fue un gran descubrimiento para los que no saben nada de la cárcel.

Fue un momento importante para todos nosotros, una fiesta de navidad en la prisión. Tocamos música y jugamos al fútbol y a las cartas. Con sus canciones, expresaban su magnificat, llenos de alegría y de agradecimiento por ese día... Uno de ellos decía: “Padre, le doy las gracias con todo mi corazón, acabamos de pasar dos día sin comer y hoy tampoco esperábamos tener comida, no lo esperábamos para nada. Gracias, gracias, de verdad.”

Pensaba en mi generosa amiga, en estos jóvenes: juntos contribuimos dando un poco de vida al mundo y a disminuir la pobreza de alguna manera.

PADRE PETER E.
REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO

 

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