Un lugar seguro y alentador en la Reserva
DessinThoreau

Juliana K. se instaló en el pequeño pueblo de Thoreau, en Nuevo-México, para enseñar matemáticas en una escuela rural que se encuentra junto a la reserva de la nación Navajo. Rápidamente sus ojos se abrieron sobre la dura realidad de la vida en la reserva.

Quince adolescentes se suicidaron y hubo más de 90 intentos. Eso corresponde a más de una vez por semana.

En la zona donde se encuentra la escuela secundaria de Thoreau, en un radio de 50 km, no hay ni supermercado, ni biblioteca. Más de un 60% de la población adulta no tiene diploma de fin de estudios secundarios.

El problema al cual estamos enfrentados es que los efectos de la pobreza y de la opresión histórica conducen a los jóvenes a un tal estado de desesperación que sólo ven el suicidio para acabar con sus problemas.

Pero permítanme mostrarles otro aspecto de esta comunidad. Tiene que ver con la tradición, la fuerza y la belleza que surge de ese cuadro
marcado con el sello de la pobreza, en esta comunidad que no podemos abandonar.

Los equipos de baloncesto de la escuela tienen un espíritu increíble. Muchos de mis antiguos alumnos eran también campeones. Ellos saben muchísimo más de lo que nunca sabré sobre el adiestramiento de los caballos y del manejo de los rebaños de ovejas. Sus tradiciones son ancestrales.

Empecé a hablar con sus padres, colegas, miembros de la comunidad y miembros del gobierno sobre la creación de un centro para acoger permanentemente a los jóvenes. Llamé al jefe del condado respecto a un edificio abandonado y poco después, tuvimos nuestro primer contribuidor. La idea de un centro comunitario nació, puesto que era
evidente que no existía “una sola causa” de suicidio y que no existía tampoco “una sola respuesta” que aportar para resolver el problema y prevenir una próxima crisis.

Dejé mi apartamento y me instalé en el Centro Comunitario. La etapa siguiente fue: obtener financiaciones y apoyo continuo por parte de la comunidad. El condado de McKinley continuó ayudándonos. Construimos un sendero, pintamos el edificio, recogimos la basura, quitamos los equipos peligrosos del patio de recreo, y establecimos
relaciones fuertes. Una vez terminadas las reparaciones, organizamos nuestra fiesta de inauguración.

Después de terminar los deberes, los jóvenes participan en diversas actividades. Pudimos también instalar un jardín comunitario, una biblioteca de préstamo y un laboratorio internet.

Si reconocemos que no hubo ningún suicidio desde que el Centro abrió sus puertas, eso no basta. Continuaremos nuestros esfuerzos para
“inspirar esperanza, alegría y progreso” hasta que desaparezca la pobreza y que el verdadero Thoreau brille con mil colores.

Juliana K., Thoreau, Nuevo-Mexico, Estados-Unidos