Si nos unimos, será posible ofrecer a nuestra tierra un futuro sostenible. ¡Atrevámonos!
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Después de la Segunda Guerra Mundial, al aprobar la Declaración Universal de Derechos Humanos, el mundo entero y los Estados expresaron su rechazo a la destrucción de unas personas por sus semejantes. Afirmaron que todo ser humano es un ser humano.
Y sin embargo, aún hoy, tanto en las ciudades como en el medio rural, en el sur como en el norte, en el este como en el oeste, personas en situación de pobreza siguen diciendo: «Los Derechos Humanos no han llegado hasta nosotros. No nos respetan. No reconocen nuestra  dignidad. Los demás no nos ven, es como si no existiésemos »

«Desde que nos han trasladado lejos de la ciudad, el hambre ha vuelto. Aquí no hay trabajo, ni escuela, ni centro de salud, ni tan siquiera un lugar para rezar. Solo aguantamos porque nos ayudamos unos a otros», dice un padre. Otros viven en zonas inundables, en lugares  contaminados y peligrosos. Mediante trabajos colectivos se esfuerzan por crear caminos, por drenar canalizaciones. Cada día, sin descanso, afrontan esta situación. Construyen la solidaridad e inventan soluciones.

En la agenda 2030 de las Naciones Unidas, los Estados se comprometieron a «erradicar la miseria en todo el mundo y en todas sus formas sin dejar a nadie atrás». Esta ambición suscita una gran
esperanza y nos confiere responsabilidades. En primer lugar, la responsabilidad de ir en busca de quienes, desde lo más profundo de su desgracia, son capaces de hacer que nazcan conocimientos de  humanidad únicos. Hay una carencia drástica de este tipo de  conocimientos a la hora de pensar nuestra vida común, para inventar un mundo donde su pueda vivir y donde nunca más se excluya a nadie, ni se prohíba su residencia, ni sean exiliados de la comunidad humana.

Poco después del 17 de octubre de 1987, el padre Joseph Wresinski ya escribía: « [En todo el] mundo hombres y mujeres defienden el derecho de todo ser humano a vivir con dignidad. Este único derecho resume todos los derechos reconocidos a todo ser humano. Decirlo es una cosa, ganarlo es otra. Para ganar terreno a la miseria, debemos ser los  mensajeros del 17 de octubre. Debemos llevar en nuestros corazones a los más pobres y su sed de dignidad, y actuar. Debemos ser hombres y mujeres que rechazamos la miseria y nos comprometemos con las personas más desfavorecidas, dando lo mejor de nosotros mismos para construir un mundo donde, a partir de ahora, podrán vivir con la certeza de que cuentan para los demás”

Isabelle Pypaert Perrin, Delegada general, Movimiento Internacional ATD Quart Monde

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