Para que el mundo no siga igual
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Carta a Nuestros Amigos en el Mundo 103

Sandra llegó con su familia a Ciudad Bolívar siendo niña, como tantas otras familias del mundo desplazadas del campo a la ciudad o de la misma ciudad a un lugar más pobre. Ciudad Bolívar es una localidad de la periferia de Bogotá y ellos aterrizaron en el barrio “El Paraíso”, barriada a las afueras, en lo alto de una colina, con muchas necesidades, sin servicios básicos, sin comunicaciones ni transporte.

En la escuela rural del barrio, al cabo de un tiempo se convirtió en “niña personera”, estatuto de liderazgo estudiantil en Colombia. Un espacio de representación de niños y niñas que son delegados ante las comunidades educativas de colegios y escuelas para defender los derechos de los estudiantes, en instancias locales y municipales para defender los intereses de su escuela. “Gané un espacio como niña/mujer y como pobre al que no hubiera podido acceder. Y poco a poco descubrí una vocación de liderazgo y servicio”. “Cuando hablaba me escuchaban. Otros niños me hacían caso cuando proponía cosas. Estuve en muchos espacios y conocí a mucha gente. Pero otros pagaban mi transporte y comida. En mis condiciones yo nunca hubiera podido sola”.

Sandra conoció a una mujer anciana que vendía dulces a la puerta de su escuela. Un día esta mujer dejó de ir y nadie sabía nada de ella. Sandra descubrió que había muerto de hambre, sola en su casa. Este evento la marcó profundamente y la impulsó a actuar. Yo creo que la Fundación Oasis nació en ese momento, cuando tomé conciencia de que alguien más podía morir solo de hambre al lado de mi casa”.

Decidió buscar a los ancianos solos y pobres de su barrio y comenzó a invitarles a venir a su casa. Cocinaba para ellos y les ofrecía un espacio de encuentro. Pero esta generosidad de Sandra recaía sobre la economía familiar. Su familia, ya pobre, no podía más. Así que Sandra comenzó a pedir ayuda a sus amigos que se movilizaron para conseguir comida para los ancianos. 

A partir de entonces comenzó un recorrido de encuentros en los que el compromiso de Sandra conmueve y mueve a actuar o a apoyar económicamente a esta joven y a los que la rodean. Adquirieron un terreno, construyeron una casa con el apoyo de los vecinos, de los ladrilleros del barrio que regalaban pequeñas cantidades de ladrillos, con dinero de asociaciones e instituciones que creen en el compromiso de Sandra. Es la casa de y para la comunidad. Un lugar para comprometerse, un lugar para aprender y compartir. 

El barrio ‘El Paraíso’ se ha construido por oleadas de migración. Los últimos que llegan se instalan más y más lejos, más y más arriba. Siempre con desconfianzas que se crean entre unas comunidades y otras. En la Fundación buscamos como construir juntos el barrio, lo que es bueno para nuestros mayores y para nuestros niños. Es un espacio de encuentro, donde desarrollar la solidaridad, los lazos sociales, romper las barreras y aprender valores.”

Hoy vemos niñas y niños comprometidos en Casa de Valores, el programa de la Fundación Oasis que pretende “fortalecer el proyecto de vida de los niños y niñas del barrio para ser agentes de cambio”. “Hemos venido desde muy pequeños y ahora somos fieles del proyecto”, dice Jessica de 16 años.

El mundo cambió en pocos días, las protestas feministas en diferentes países y las manifestaciones sociales se confinaron al igual que millones de personas, porque un virus, ni siquiera una célula, un virus, el Covid-19, ha matado por igual a muchas personas y logró parar el acelerado ritmo del mundo capitalista. Puso ante los ojos de millones de personas un secreto a gritos, la injusticia social de la que son víctimas los pobres en el planeta, de la que nos hemos acostumbrado en un sistema egoísta y competitivo, donde el éxito individual y material menosprecia a los que en condiciones muy precarias tiene que sobrevivir con mucho esfuerzo y muchas veces sin una mirada de empatía.”

Mi primera angustia fue por la gente de la comunidad y mi familia, pues no tenemos ni buena estructura de salud, ni seguridad social en términos normales y con esta crisis todo puede colapsar. Los abuelos que son vendedores ambulantes tienen que salir a trabajar, los niños encerrados están mas expuestos a maltratos, vivir la angustia de sus padre por la falta de dinero y poca alimentación. Con la fundación hemos repartido varios mercados para paliar un poco la cuarentena, pero sabemos que no es suficiente.”

Lo peor que nos puede pasar después de esta crisis sanitaria, es que el mundo siga igual, que las crisis sociales, económicas y ambientales sigan siendo ignoradas por nuestros gobernantes, por los poderosos beneficiarios y por la sociedad en general, que no podamos ser solidarios auténticos para construir una forma mejor de vida en colectividad y respetar cada ser viviente de este planeta, que gracias a que estamos encerrados, hoy pueden respirar mejor.

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