Ofrecer un futuro sostenible para nuestra tierra
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Mensaje de Isabelle Pypaert Perrin

Delegada General del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo

en el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, 17 de octubre de 2018

Al aprobar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, después de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero y los Estados expresaron su rechazo a la destrucción de las personas por sus semejantes. Afirmaron que todo ser humano es un ser humano.

Y sin embargo, aún hoy, tanto en las ciudades como en el medio rural, en el sur como en el norte, en el este como en el oeste, personas en situación de pobreza siguen diciendo: «Los Derechos Humanos no han llegado hasta nosotros. No nos respetan. No reconocen nuestra dignidad. Los demás no nos ven, es como si no existiésemos».

En algunos países, los derechos a menudo se transforman para las familias más pobres en una asistencia de carácter punitivo. A una mujer que recibe a su hijo en su casa cuando este pierde su vivienda, las autoridades le dicen: «Hemos reducido su ayuda social. ¡Avísenos cuando le haya echado fuera de casa!». En otros lugares, se expulsa a las familias de las ciudades en nombre del desarrollo. «Desde que nos han trasladado lejos de la ciudad, el hambre ha vuelto. Aquí no hay trabajo, ni escuela, ni centro de salud, ni tan siquiera un lugar para rezar. Únicamente aguantamos porque nos ayudamos mutuamente», dice un padre. Otras personas se encuentran en zonas inundables, en lugares contaminados y peligrosos, como estos vecinos de un barrio donde el agua sucia permanece constantemente estancada. Mediante trabajos colectivos se esfuerzan por crear pasajes, por drenar canalizaciones. Cada día, sin descanso, afrontan esta situación. Como ellos, otras personas en todo el mundo resisten, tejen solidaridades, inventan posibilidades, sobre todo para las niñas, para los niños. Sin medios, siguen compartiendo, haciendo sitio para otros.
 

Reciben a numerosas personas en sus barrios, aunque el espacio ya sea sumamente reducido, jóvenes o incluso familias se ven obligadas a dejar su tierra natal para ganarse la vida en otra parte. En esos lugares donde hay riqueza, la hospitalidad parece todavía tímida y calculada.
 

¿Cómo ayudar a nuestro mundo contemporáneo a reconocerse en esta valentía diaria y perseverante que despliegan las personas más pobres de entre nosotros? ¿Cómo ayudar a nuestras sociedades a inspirarse en su capacidad para compartir?

Tiempo antes del 17 de octubre de 1987, el padre Joseph Wresinski decía: «Gracias a ustedes, familias de Cuarto Mundo, para nosotros los Derechos Humanos únicamente existen si se garantizan hasta para la familia más menospreciada. Se garantizan los derechos a lo largo del tiempo, cuando no solo aparecen en las leyes sino, en primer lugar, en el corazón y en la vida personal de los seres humanos. Los Derechos Humanos son, en primer lugar, una cuestión de hombres y de mujeres».
 

La resistencia de las personas más pobres contra la miseria y sus esfuerzos para ir hasta el fnal de la afirmación de que todo ser humano es un ser humano, son un recurso inestimable. Estas personas están en camino, los Derechos Humanos ya están en su corazón, podemos asociarnos a ellas para superar nuestros miedos y atrevernos a emprender algo nuevo. Cuando el mundo afronta desafíos sin precedente y el ser humano parece tener el suficiente poder para destruir el planeta y la humanidad es urgente aprender a actuar conjuntamente y superar la violencia contra los seres humanos y la naturaleza. Para ello, ¿no tenemos una necesidad vital de la inteligencia y la creatividad de todas las personas? ¿No tenemos una necesidad vital de la inteligencia y la creatividad de quienes saben hacer que la vida sea posible, de quienes construyen la libertad y la paz en medio de la violencia de la miseria?

En la agenda 2030 de las Naciones Unidas [para el Desarrollo Sostenible], los Estados se comprometieron a «erradicar la miseria en todo el mundo y en todas sus formas sin dejar a nadie atrás». Esta ambición suscita una gran esperanza y nos confiere responsabilidades. En primer lugar, la responsabilidad de ir en busca de quienes, desde lo más profundo de su desgracia, son capaces de hacer que nazcan conocimientos de humanidad únicos. Hay una carencia drástica de este tipo de conocimientos para pensar nuestra vida común, para inventar un

mundo habitable donde nunca más se excluya a nadie, ni se prohíba su residencia, ni sean exiliados de la comunidad humana. Si nos unimos, será posible ofrecer a nuestra tierra un futuro sostenible. ¡Atrevámonos!

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