No pierdo la esperanza
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Me llamo Méra y vengo de la Isla de Anjouan, en las Comores. Tengo esposa y tres hijos. Llegué a Mayotte en 1994, a los veinte años. Vine a Mayotte para encontrar una vida mejor; todavía no la he encontrado, pero no pierdo la esperanza.
 

Como no tengo permiso de residencia, no puedo encontrar un verdadero trabajo. Logro hacer pequeños trabajos aquí o allá porque conozco a mucha gente. No me gusta quedarme así sin hacer nada y solo, así que voy
a conversar con la gente, con toda la gente, no importa de donde vengan. Como conozco a muchas personas, sé que tal o cual persona sabe fabricar paneles trenzados de coco y yo sé colocarlos. No escondo mi situación, se lo digo a la gente y entonces pueden pensar en mí cuando hay algún pequeño trabajo que hacer.

Otros comorianos me preguntan cómo le hago para conocer a tanta gente. Les digo que hay que hablar; yo voy a la mezquita todos los días y le pido a Dios que me guíe por el buen camino.

Vivo en un banga, una casa de láminas de una sola pieza; la construí en un pedazo de terreno que me prestaron. Pero cuando llueve mucho, es difícil llegar ahí porque hay mucho lodo.
 

Yo compro paquetes (fardos) de ropa usada para venderla en el barrio. Se la vendo a la gente que no puede ir al mercado pero es difícil porque muchas veces no me pagan. Si veo a alguien que trae la ropa toda desgarrada, prefiero darle un poco de ropa aunque no me la pida. Se la doy a escondidas porque no es bueno dar las cosas delante de la gente, porque los otros no lo ven bien. Ellos quisieran que les dieras lo mismo o que el que recibe reparta lo que recibió, aunque ellos lo necesiten menos.

La religión dice: “si das un poco, recibirás mucho”. Si  encuentro algo para comer lo comparto porque no es bueno comer uno solo. Si encuentro plátanos en el campo lo comparto. Para mí lo importante es saludarse y bromear con la gente.

Méra, Mayotte

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