La promesa de un mejor futuro
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La Asociación Campesina de Kindele para el desarrollo comunitario les enseña a los jóvenes desocupados a recuperar su lugar en la sociedad.

La principal responsable de la miseria en nuestro país es la explosión demográfica, porque los recursos no han ido a la par con el crecimiento de la población; por eso la gente no come lo que necesita y los jóvenes no tienen futuro.

Desanimarse nunca ha ayudado a tener éxito, pero una de las vías para resolver el problema es organizar agrupaciones en el marco del sector informal. Esos proyectos, desde luego modestos, no cambiarán al país, pero son algo así como un signo, una promesa de un mejor futuro. Eso es lo que muestra nuestra experiencia de la Asociación de Kindele, que agrupa a jóvenes de un barrio periférico de la capital.

Hemos hecho equipos en tres lugares distintos, con 35 jóvenes desocupados y excluidos, víctimas de la miseria, de las injusticias y violencias de todo tipo. La actividad que se practica es el cultivo de hortalizas y la gestión responde a las normas de la cooperativa. Agruparse, según se dice, es la mejor solución para los débiles.

Primero les enseñamos a trabajar en grupo de manera eficiente. Cada uno debe poner su parte porque el éxito de este proyecto exige de los actores un compromiso sin reservas. Así, cada joven que se integra debe participar en los diferentes trabajos del campo: arado, siembra, cosecha y otros aspectos de la gestión de los productos que se obtienen, hasta la venta de éstos a los consumidores. En ese trabajo de grupo, es importante compartir y participar activamente en la acción comunitaria.

Estos jóvenes, víctimas de la violencia, eran los desposeídos que carecían de interlocutores. Eran muy pobres, sufrían muchas limitaciones y fácilmente caían en la ansiedad, el nerviosismo y la violencia. Se sentían rechazados y era muy difícil para ellos estar en paz. Y a manera de rebelión contra la sociedad que los trajo al mundo y los excluye, se lanzaban a la calle, donde los llamaban “niños de la calle” en vez de “niños en situación de calle”. Y ahí eran la escoria de la sociedad, que los consideraba responsables de todo lo malo: delincuentes, aguafiestas, “KULUNA” inconscientes; no podían ni estudiar por falta de medios, ni vestirse adecuadamente.

Sin embargo, a través de ese trabajo de la tierra que la asociación ha puesto a su alcance, poco a poco empiezan a hacerse de un lugar. Con la venta de las hortalizas, algunos de estos jóvenes ya pueden  ir a la escuela, resolver sus problemas cotidianos y alimentar a su familia, con lo cual toman clara conciencia de la oportunidad que les ofrece la asociación.

A la fecha, más de veinte jóvenes ha logrado su autonomía al crear sus actividades, desarrollando el cultivo de sus propias parcelas. De vez en cuando el equipo técnico los visita y se les da seguimiento para evaluar sus actividades.

M. JEAN PH-D
PRÉSIDENTE de la ASSOCIACIÓN CAMPESINA KINDELE PARA EL DESARROLLO COMUNITARIO, RD CONGO

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