En esta piedra esta mi corazón
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Carta a Nuestros Amigos en el Mundo 101

En el gran vestíbulo de entrada del Palacio de los Derechos humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, nuestra mirada se ve atraída por una escultura maravillosa que brilla.

Podría decirse que es un antiguo barco, repleto de piedras de niñas y niños del mundo entero. ¿Encima hay un móvil decorativo: las velas, las ramas? Este árbol barco está lleno, como un tesoro, de piedras preciosas que niñas y niños han recogido en los lugares donde viven y trabajan: 5 000 piedras procedentes de minas, de canteras, del trabajo en el campo, de un cementerio… Pero también de juguetes, de amuletos, de recuerdos de vacaciones, de piedras de colección. Cada piedra cuenta una historia:
«Yo no duermo en una habitación sino sobre piedras. He cogido ésta al lado de la gran mezquita, un gran edificio donde estamos a menudo. En esta piedra está mi corazón» (Roger, Burkina Faso)
«He encontrado mi piedra sobre la colina. Mi padre y mi hermanito trabajan en la mina. Mi hermano viene para acompañar a mi padre. Cuando mi padre está demasiado cansado, mi hermano le ayuda a volver a casa.» (Guido, Bolivia)

Esta escultura ha sido realizada por Tapori, la rama infantil del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo. En noviembre de 1999, delegaciones de niñas y niños de todo el mundo ofrecieron esta escultura cuando vinieron a presentar sus mensajes con motivo del 10º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Las niñas y niños querían crear una escultura que conmoviese el corazón de todas las personas para que, en todo el mundo, alrededor de estas niñas y niños, haya más respeto y paz. A las personas que acompañaban en la tarea de alcanzar este sueño, les decían: «¡Hay que hacer una enorme escultura por la paz! O una fuente, que resuene como una dulce melodía…». Añadían también: «No debe culpabilizar a nadie, sino dar fuerzas… ¡Debe mostrar que las niñas y niños colaboran con los adultos!».

Y estos adultos, estuvieron a punto de no estar a la altura de los sueños de los niños. Entonces, apareció Philippe, artista de la región de las viejas minas del Norte. Mucho más tarde, para nosotros se hizo evidente que tenía que ser él quien hiciera esta creación única, él, un antiguo niño encerrado, humillado y negado que día tras día había luchado por conseguir momentos de paz y gestos de reconocimiento.

Actualmente, el árbol mágico de las Naciones Unidas en Ginebra parece bailar lentamente. Las personas se paran y lo contemplan, clases de alumnos, grupos de visitantes, al igual que un funcionario con su bebé en brazos, que irradia felicidad y que quiere tocar el móvil para hacer tintinear su campana.

Noldi C., ATD Cuarto Mundo, Suiza