El “muro de la vergüenza”
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En Portugal familias gitanas derriban el “muro de la vergüenza” que aislaba desde hace casi 10 años un gueto denominado “Barrio de Pedreiras” y que materializó la separación entre la comunidad gitana más numerosa de Beja y el resto de la sociedad del Alentejo.

De 100 metros de longitud y 3 de altura fue construido por la municipalidad por medida de seguridad debido a una carretera donde circulaba camiones de carga pesada a lo largo del barrio. Pero la comunidad gitana no estaba de acuerdo, lo consideraron como un signo de segregación y exclusión. A pesar de un movimiento de solidaridad que sostenía a los gitanos, la municipalidad de Beja no quiso hacer nada y es el 2015 que la comunidad decide demoler el muro. Su  destrucción no ha sido consecuencia de un ataque de rabia repentino. Más de 300 personas de todas las edades han expresado su rechazo, año tras año, haciendo agujeros en la estructura de cemento con todo lo que tenían a mano: martillos, trozos de chatarra, piedras y trozos de
madera.

Hace aproximadamente un mes, se derribó el muro: “ya nadie tiene la impresión de vivir en un cementerio de muertos vivientes”, “Ahora podemos incluso ver la ciudad”, exclamaron los habitantes. Bruno G. muestra su satisfacción: “Hemos destruido el muro, es una gran victoria”, que marca un cambio de rumbo en la situación de los gitanos, cansados ya de “los prejuicios que las personas no gitanas tienen respecto a ellos”.

Prudencio C., el mediador, que sabe derribar estas  barreras que existen entre gitanos y no gitanos, expresa un deseo
colectivo: “No queremos que la gente piense que lo único que sabemos hacer es destruir muros.”

En colaboración con diversas entidades, puso en marcha un proyecto para mejorar las condiciones de vida en el barrio. Julio S., uno de los jóvenes habitantes del barrio, impulsó a la comunidad a reparar los tejados de las casas, mientras preparaba otra tarea: pintar las cincuenta casas existentes. La municipalidad aprobó aportar el dinero necesario para comprar la pintura y los habitantes decidieron democráticamente que el color predominante sería el azul. Prudencio C., señala: “cada uno pinta su casa”. María Mónica fue la primera, utilizó una silla, un pincel y se puso a pintar su propia fachada. Poco después, tenía la cara y la ropa llenos de pintura. “No pasa nada. ¡Mi casa será más bonita!”. Pero, pintar con pincel se tarda una eternidad. Aparecen los primeros rodillos y todo se acelera. El entusiasmo gana a todos y las casas van cambiando poco a poco de color.

El trabajo avanza y las entidades colaboradoras se ocupan de preparar un estacionamiento y plantar los árboles frutales deseados por los  habitantes: “higueras, ciruelos, perales y otros”. Uno de los hombres confesó que no sabía cómo se plantan los árboles, pero se le encargo regar...

Carlos D., Pastoral Dos Ciganos, Portugal

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