¿Dónde esta mi hermana?
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Hace cuatro años que soy Director de un Centro de Salud Mental, hoy quiero dar testimonio de mi encuentro con la Sra. Juana.

Voluntarios de la Asociación Peruana ATD Cuarto Mundo ya la conocían cuando junto con su hijo, pasaba las noches , a la entrada de las casas del barrio de Mariscal Gamarra, sabían su nombre y el de su hijo Miguel. Niños del barrio, recuerdan como Miguel recogía lápices y papel, y como le gustaba en sus momentos de descanso, a pesar que le faltaban dos dedos de la mano derecha, escribir y leer, al igual que otros niños.

Después de vivir mucho tiempo en la calle, la Sra. Juana fue acogida en el Centro del que soy responsable. Miguel que tenía 11 años consiguió trabajo como guardian, así encontró un cuarto donde dormir y para sobrevivir siguió lavando carros. «Mi hijo Miguel caminaba siempre conmigo. La vaba carros, yo lo miraba como lavaba. Después vendía sandwiches de queso, lo que no se vendía, junto con mi hijo, nos lo comíamos para que no se malograra».

Después de muchos fracasos en su trabajo de venta en la calle o «caseando», la Sra. Juana perdió numerosas seguridades de existencia. La mendicidad la había ganado: «Cuando voy a hacer negocio, tengo que ¡r con ropa vieja, para que me compren por pena siquiera...» Volver a crear seguridades de existencia y de trabajo será su principal deseo.

Lo que me ayudó a entender el problema de la Sra. Juana, fueron los textos del padre Joseph Wresinski, principalmente su libro «Los pobres son la Iglesia» que leí y profundice junto con los primeros miembros de la Asociación Peruana ATD Cuarto Mundo. Este libro fue nuestro primer recurso y todavía sigue siéndolo. El Padre Wresinski abre a nuestros ojos el camino de las familias, de la comunidad, como esperanza primordial de los más pobres.

Actualmente la Sra. Juana sigue revelándome este camino: «Cuando trabajaba no tenia donde dejar a Rosita. Decidí dejarla en un hogar para menores. Una ,amiga que tenia ahí a sus hijos me recomendó. Fui al hogar y pregunté a la Madre Superiora si necesitaba algo o dinero. Ella me dijo ‘¡No, sólo papeles!’ Me daba pena de dejarla. A los seis años entró en el hogar, casi cada día la visitaba, llevándole fruta, comida. La Madre me dijo: ‘No vengas todos los días, para que la chiquita se acostumbre. Aquí vienen sólo los domingos. Me ha prohibido. Yo le dije: ‘es que me gusta traerle frutita, comida, todo’. De ahí, la visitaba cada domingo, llevándole sus antojos, sus gustos,’ caldo de gallina, estofado. Se lo preparaba para ella especialmente. Su antojo era el pollo dorado, chocolatillos «sublime». Eso le llevaba. Ahora estará extrañándome. Qué me dirá. Pensará

que la he abandonado de repente. ¿como no voy? Hace un año y más que no la veo, dicen que le han cambiado de hogar y no saben en que hogar está. El otro día he ido al Palacio de Justicia y me han dicho: «Sra. no hay el expediente». Les pregunté: ¿cuándo voy a regresar para que me den la respuesta?, me dijeron para esta semana. El otro dia, me encontré con Miguel en la calle. Cuando conversamos, él también me preguntó por Rosita, me dijo: «Tienes que saber donde está mi hermana, para que yo pueda visitarla.»

En el Centro de Salud Mental, donde tenemos que acoger muchas personas, frecuentemente recogidas en la calle por la policía, cada ser parece desvinculado de su familia, aislado y puede quedarse así, si es que no mostramos convicción en la importancia de su vida, en su resistencia a la miseria, en sus esfuerzos cotidianos para construir y conservar relaciones

sociales. Profundizando la vida y el pensamiento del padre Joseph Wresinski y en el encuentro con personas como la Sra. Juana, los más pobres se convierten en una verdadera escuela para nosotros. En esta escuela descubrimos sus proyectos y también sus anhelos de apoyo y fraternidad, que como seres humanos estamos obligados a darles.

W. C. Chavez Gonzales,  Perú