Defenderse y protegerse de la violencia
17_10_2012_manille

Anne R. ya hace 7 años que está presente en esta zona de chabolas en Manila, Filipinas, allí frecuenta a unas veinte familias que viven bajo la amenaza de la demolición de sus viviendas, situadas en las laderas del puente, cerca de su propia casa.

Durante las demoliciones, en un primer momento cada uno se las arregla como puede para recuperar al menos un poco de madera o ellos mismos desmontan sus propias casas.

Cuando reciben la información a tiempo o sienten que vendrán a demoler, retiran la madera de las casas así como sus pertenencias y las esconden antes que lleguen los demoledores, algunas veces en el campo de lado haciendo prueba de coraje. Todos los días, vienen a demoler, se llevan la madera y a veces la queman... “Pero así es”, dice Marilou, “¿Cómo poder encontrar una casa linda de alquiler sin tener trabajo, sin comida y sin escuela?”

Una vez por semana nos reunimos con estas familias para orar e intercambiar ideas. Comenzamos con sólo siete mujeres pero ahora casi todas las familias vienen, incluyendo a los varones.

Las demoliciones diarias les impiden trabajar y ganarse la vida, tienen hambre y se sienten enfadados, pero a menudo dicen que aunque tengan cólera no quieren pelear y que se controlan para no golpear.

Por ello uno de los medios importantes para ellos es el hecho de poder expresarse en grupo, como lo dice Adolfo: “compartir en nuestro grupo representa mucho para mí. Puedo dejar mi sufrimiento y lo que llevo en el corazón que viene de la experiencia de las demoliciones. La presencia de las hermanas es también una gran ayuda para mí.”

Un día lo encontré murmurando su odio contra un “jefecito flacuchento”, él quería golperlo, justo en ese momento pasé por allí, al verme se dio cuenta del error que estaba a punto de cometer, renunció a esta idea y se siente muy contento de haberlo hecho...

Las familias comprenden el dilema que tiene que enfrentar los demoledores: ganarse la vida o rechazar de destruir familias como las suyas. “Ellos son como nosotros, es su trabajo...”, dicen. “Ellos son buena gente, la culpa es de las autoridades, de los alcaldes”. Es así como llegaron a un acuerdo: “Nosotros demolemos nuestras casas por la mañana y cuando los demoledores vienen toman fotografías para demostrar de que no hay más cabañas en el terreno...” Cuando se van, las familias vuelven a construirlas.

Anne R., Filipinas

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