«Obtienen su fuerza de la fraternidad».
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Carta a Nuestros Amigos en el Mundo 93

Bajo el cielo increíblemente azul del 17 de octubre de 1987, el padre Joseph Wresinski alzaba la voz por los “pobres de todos los tiempos, fugitivos de un lugar a otro, despreciados y deshonrados...”

¿Quiénes son, hoy, esos “millones y millones de niños, mujeres y padres”? Una y otra vez forzados a huir, a buscarse la vida, a caminar durante semanas, durante meses, sin más riqueza que lo que son capaces de cargar encima y que, a menudo, son sus hijas e hijos. Aunque se les impide la entrada sacuden las barreras, y con ello, ponen en entredicho nuestra humanidad y lo que deseamos construir juntos.

Condenados a vivir en lugares especiales, en albergues y campamentos supuestamente provisionales, en asilos, en solares abandonados, en viviendas desvencijadas, confinados como siempre lo han estado, los “sin ningún lugar”, en las zonas grises de nuestras ciudades, a la orilla de los ríos, en el margen de los bosques, lejos de las miradas, lejos de las conciencias, abandonados a la merced de una generosidad tantas veces corta de memoria frente a sus promesas.

¿Quiénes son hoy día estos “millones y millones de niños, mujeres y padres, cuyos corazones laten aún con fuerza para luchar”? Es esta madre de Madagascar que desde hace demasiado tiempo ha tenido como único techo una lona de plástico que nunca le ha permitido ponerse de pie. Ella, que al final de uno de los encuentros, cuando ya todos habían hablado, levantó su mano y pidió la palabra: “Lo más importante es que no nos olvidemos que todavía hay personas que viven completamente solas y que no nos conocen. Si nos unimos es en su nombre”.

Son esas madres, esos padres de familia de Gran Bretaña cuyos esfuerzos cotidianos por vivir, por la dignidad, se ignoran. Sistemáticamente denigrados, hasta en las paredes o en los medios de comunicación donde se les trata abiertamente de aprovechados, considerando que sobran. Y, sin embargo, son ellos los que, en sus barrios, apoyan a otras personas completamente olvidadas. Es así como defienden los derechos hu- manos para todos.

Son estos jóvenes de la República Centroafricana testigos de una violencia desencadenada contra sus propias familias. Que han resistido al deseo de odio y de venganza y han tomado la iniciativa de ir al encuentro, en la pista del aeropuerto de Bangui, de esos miles de niños y niñas privadas de escuela para llevarles el saber, la belleza, libros y pinturas, cargamentos para encontrar de nuevo la paz. Hasta la fecha animan bibliotecas de calle en los lugares más abandonados.

¿Quiénes son hoy estos “millones y millones de niños, muje- res y padres, cuyo valor exige el derecho a la inestimable dignidad”? Son estas familias de un barrio de Beyruth, en el Líbano, que acoge a miles de refugiados, en su mayoría Sirios. Este flujo ha complicado aún más si cabe sus vidas. Ellas que ya tenían de por sí muchas dificultades para conseguir tan siquiera una plaza en la escuela para sus hijas e hijos, y que nos dicen: “hemos vivido la misma desesperación que ellos, las mismas noches en vela. No podemos cerrarles la puerta. Y aunque sea difícil, no podemos hacer otra cosa que intentar vivir juntos”.

“Quisiera ser embajadora del Cuarto Mundo” nos dice esta mujer de Eritrea que ha sido recibida por los miembros del Movimiento de Gran Bretaña y nos recuerda que si nos esforzamos por unirnos es porque no queremos dejar, en ninguna parte del mundo, a ningún ser humano de lado, no podemos permitir que nadie se quede atrás. De hecho, ¿no permanecemos unidos, en nuestro esfuerzo por aprender de aquellos que por su sufrimiento y sus esperanzas desean profundamente que el mundo progrese? Con ellos podremos alcanzar la paz que el mundo necesita, porque más allá de la amargura, fundamentan su esperanza y obtienen su fuerza de la fraternidad.

Isabelle Pypaert Perrin,
Delegada General
del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo